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ENRIQUE PEÑA NIETO UN PRESIDENTE DE PANTALLA… NO DE GOBIERNO.

Así lo prueba cuando en forma despistada se desarrolla en temas simples, nos revela que existen dos personajes con una misma cara pero con dos personalidades completamente diferentes. O existe un doble del presidente y que los dos actúan, cada uno a la escala de sus inteligencias, que son a la vez completamente distantes una de otra. Uno es un excelente desarrollador de su personalidad, el otro un perfecto desconocido.

ENRIQUE PEÑA NIETO UN PRESIDENTE DE PANTALLA... NO DE GOBIERNO.

ENRIQUE PEÑA NIETO UN PRESIDENTE DE PANTALLA… NO DE GOBIERNO.

Su campaña fue inteligente, jovial, muy elocuente, su llegada albergaba muchas esperanzas de un PRI renovado, fortalecido, listo para superar las ausencias de gobernabilidad que se dieron con las intervenciones de Marta Sahagún con Vicente Fox así como las acotaciones del gobierno de Calderón a la pérdida de Juan Camilo Mouriño. Las finanzas aunque con fuerte gasto corriente, estables en un Banco de México, una estabilidad peso dólar y en un marco directo una lucha frontal contra el crimen que hoy sigue mucho más presente, donde los niveles de seguridad ciudadana no se sienten en la sociedad en forma palpable.

ENRIQUE PEÑA NIETO UN PRESIDENTE DE PANTALLA... NO DE GOBIERNO.

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ENRIQUE PEÑA NIETO UN PRESIDENTE DE PANTALLA... NO DE GOBIERNO.

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La otra renuncia POR DIEGO PETERSEN

La otra renuncia POR DIEGO PETERSEN

Al parecer Peña Nieto escuchó a sus críticos y finalmente optó por renunciar. No renunció a la Presidencia, pero sí renunció a gobernar. No podemos decir que México esté en una situación de ingobernabilidad, eso es una verdadera exageración, pues maltrechas y anquilosadas, algunas incluso artríticas, pero las instituciones fundamentales de la República ahí están. Lo que sí hay en México es un desgobierno, una renuncia de los poderes constituidos a ejercer. (Gobernar: mandar con autoridad, dirigir, manejar, guiarse según la norma). La ingobernabilidad implica una crisis del Estado en su conjunto; el desgobierno es una falta de voluntad o capacidad para ejercer la autoridad.

Esta semana vimos al Gobierno de Peña claudicar dos veces: la primera fue la renuncia a la reforma educativa. En un acto unilateral y pasando por encima de las instituciones creadas por el Estado, particularmente sobre el Instituto Nacional de Evaluación Educativa (INEE), el secretario de Educación, Emilio Chuayffet, canceló indefinidamente, a través de un boletín de prensa y sin mediar explicación alguna, la evaluación de maestros. Hay versiones que sostienen que la decisión no fue del secretario de Educación Pública sino del subsecretario de Gobernación, Luis Miranda, lo cual sería aún más preocupante.

La segunda claudicación es menos grave por sus efectos pero mucho más en términos simbólicos, y fue ver al Ejército renunciando a proteger las instalaciones electorales. Si las autoridades civiles han decidido, por las razones que sea (miedo, prudencia, gobernabilidad), no responder a los ataques de la CNTE, lo menos que podrían hacer es no poner al Ejército en medio. En 28 de los 32 estados del país cualquiera de nosotros que hubiese osado tocar un boleta electoral, no digamos quemarla, habría terminado en la cárcel; en Oaxaca, Guerrero, Chiapas y Michoacán, no.

¿Dónde termina la prudencia y comienza el desgobierno? El límite es poco claro. Es, por decirlo de alguna manera, una frontera líquida, movible y siempre sujeta a presiones. La concepción de esta frontera y la forma de ejercer la autoridad define en gran medida el estilo personal de gobernar. La reforma educativa, los sabíamos, implicaba un terrible desgaste político, tanto o más que el tema de seguridad, pero permitir delitos a la vista de todos como la toma de instalaciones electorales es un pésimo mensaje. El Gobierno de Peña ha optado por evadir el conflicto para no desgastarse, entre otras cosas porque el capital político, la legitimidad necesaria para ejercer un acto de autoridad de ese tamaño, lo dilapidó en escándalos de corrupción.

Desfondado, desarticulado, incapaz de cumplir con las promesas de crecimiento, más preocupado por la imagen que por los resultados y sobre todo, temeroso al ejercicio de la autoridad, el Gobierno de Peña Nieto está viviendo la peor pesadilla para un priista: parecerse cada día más a la administración de Vicente Fox. Eso sí, cada uno con su muy personal estilo de no gobernar.

La otra renuncia POR DIEGO PETERSEN

La otra renuncia POR DIEGO PETERSEN

La otra renuncia POR DIEGO PETERSEN

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