ICONO 2015

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Manlio Fabio Beltrones Rivera

Manlio Fabio Beltrones Rivera 2015

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Su nombre Manlio, su fortuna, su juventud y su audacia…

Hombre forjado en el poder político, templado a fuego lento, serio, sobrio con un aprendizaje muy cauto que tiene como experiencias sumadas de muchos correligionarios que le anteceden en muchas escalas que se desvanecen día a día y que como arte del destino a él se suman en todo momento y en todo contexto.

Es evidente que conoce de estrategias, sabe que sucede si comete errores como los de muchos personajes de su partido y otros que emigraron a tratar de consolidar otras plataformas que solo se elevan como levadura pero que no cuajan en el momento de establecer sólidos cimientos para apoyar toda una estructura que va más allá de Los Pinos, de Bucareli y de Palacio Nacional.
Manlio Fabio Beltrones, el hombre que construye y edifica su propia historia, en sus propios proyectos. Sus ejercicios de gobernabilidad con FOX, Calderón y con Enrique Peña Nieto han sido sus pasos firmes a una Presidencia de la República que cuenta con los reconocimientos hoy de Francia, más adelante con el de Estados Unidos, ya que no hay opciones que le valgan a los socios comerciales de México que hoy más que nunca se apuntaló con Inglaterra y tiene en China un bastión que hará estremecer al Congreso completo norteamericano, con una Hilary Clinton que llegará muy desgastada a la Casa Blanca gracias a personajes como Jeff Bush y Donald Trump.Manlio no le debe ningún favor abiertamente a nadie… la distancia que existe entre él y Carlos Salinas de Gortari es más que prudente, así lo demuestra la liberación de capitales que el sistema le permite a Raúl Salinas, quien enfrenta en el tiempo el asesinato de Luis Donaldo.Carlos (SdG) tiene a Manlio como una piedra en el zapato, porque sabe que una vez instalado en el PRI, la piedra podrá irse al hígado… hoy las estructuras del viejo Salinas están dispersas, son viejas o sus renovadas escaladas han sido superadas con audacia y fortaleza directa por Beltrones que tiene en Emilio Gamboa un caballo de ajedrez que no es sacrificable por ahora.

Manlio se ha librado de Eruviel, gracias al mismo Enrique Peña Nieto que le urge su presencia directa en cogobiernos que no se operan con los ejes de un Arturo Montiel, o un grupo Atlacomulco y de los Estados de México y de Hidalgo que han sido arrasados por acciones de criminales políticos rebasados por sus propias estructuras en desorden, grupos que se dedican a sus empresas y que han dejado a la empresa Gubernamental quebrada y a la deriva….

Manlio ya recibió la pleitesía de los niños verdes y la distancia prudente de Luis Barbosa y la izquierda del poder real en México. No hay rival, no hay empresa de comunicación que le enfrente, es un personaje de altísimo impacto, de gran peso político y de grandes recursos financieros, jurídicos y constitucionales.

Para quienes saben de poder, de oligarquías, de establishment, saben también que en las escalas todas ellas obedecen a quienes con tiempo, paciencia, energía han sabido ganarse el respeto.

Manlio Fabio Beltrones, es un hombre de derecho y de constituciones, sabe de cabildeo y sabe de operar varios escenarios en un mismo tiempo…
Sabe que las fichas que podrán hacer mella en su desarrollo el mismo sistema las opacó con toda alevosía en estos últimos tres años… Hablamos de Elba Esther Gordillo, de Diego Fernández de Ceballos, de Juan Camilo Mouriño, y de otros personajes que los dejó caer por sus propias tropelías como Fidel Herrera y Mario Marín.

Bienvenida la era BELTRONES, a la que su hermano Alcides solo verá desde el cielo junto a Colosio Murrieta.

Manlio Fabio Beltrones Rivera 2015

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Un comentario el “Manlio Fabio Beltrones Rivera

  1. Periódico ICONO
    23 agosto, 2015

    Enrique Toussaint, analista político

    Manlio Fabio Beltrones asumió este jueves como el dirigente nacional del PRI tras los resultados en el pasado proceso electoral

    GUADALAJARA, JALISCO (23/AGO/2015).- El régimen político posrevolucionario se alimentó de mitos, símbolos y simulaciones. Un país centralista que se vanagloriaba de su falso y disfuncional federalismo. Un país con sindicatos públicos entregados al Estado, pero que veía como cada primero de mayo, los líderes gremiales marchaban por las calles con exigencias de justicia para los trabajadores.

    Un partido-régimen como el Partido Revolucionario Institucional (PRI) que nunca dejó de decir que México vivía en una democracia, que había partidos opositores y que la gente votaba, aunque su sufragio no fuera nunca efectivo. Como todos los sistemas autoritarios, el mexicano se fundía en simulaciones que dotaban de una cierta legitimidad simbólica al sistema. Una de esas simulaciones: la distancia entre el Presidente y su partido. El “tlatoani” siempre tomó todas las decisiones, pero la gramática oficial no podía aceptar esa concentración.

    El Presidente de la República siempre se partió en tres: el jefe del Estado, el jefe de Gobierno y el jefe de su partido, sin embargo había que simular la autonomía. “El sol del sistema político”, el Presidente, se asumía como el jefe máximo del régimen, de la triada que integraba al Estado, al Gobierno y al partido. Era parte de la arquitectura del viejo régimen, la simulada independencia entre el Presidente de la República y el partido político que lo llevó al poder. Lentamente se fue arraigando en la mentalidad de los mexicanos la idea de que esta simulada autonomía, era un objetivo político anhelable y alcanzable.

    Se naturalizó con el viejo régimen la muy extraña convicción de que una cosa son los menesteres del partido y otra muy distinta, los de los gobiernos. Nos acostumbramos a que esa vieja práctica priista se contagiara al resto del sistema de partidos e inyectara de simulación al resto de las formaciones políticas.

    Sin embargo, a lo que en realidad nos acostumbramos es a vivir en una mentira permanente. Ni Germán Martínez ni César Nava tenían autonomía real con relación a Felipe Calderón, ni tampoco César Camacho tomaba decisiones de fondo sin consultarlas con Enrique Peña Nieto. Ernesto Zedillo y Vicente Fox renunciaron a controlar a sus institutos políticos, y eso les ocasionó una serie de problemas que degeneraron en dificultades para transitar su agenda legislativa, incapacidad para participar en la sucesión en sus partidos y una acalorada división que debilitó a su plataforma política.

    No hay más: en todas las democracias del mundo, el Presidente debe ser el jefe político de su partido. En oposición, los líderes de partidos juegan un rol fundamental porque cohesionan la voz del partido sin los instrumentos de Gobierno. ¿Alguien puede dudar que Barack Obama es hoy la voz más importante en el Partido Demócrata? ¿Es factible que Mariano Rajoy pueda gobernar si no se convierte en la voz de más peso en el Partido Popular? ¿Alguien concibe el poder omnipotente de Angela Merkel sin la sumisión de los demócrata-cristianos a su agenda? Los partidos nacieron para gobernar, por lo tanto la “sana distancia” es inútil e innatural.

    Y aunque es impensable que un Gobierno pueda funcionar sin el apoyo total y completo a su programa político por parte del partido que lo llevó al poder, la muy mexicana sospecha sobre la cercanía entre el Presidente y su partido, es más que fundada. Tras siete décadas de autoritarismo en México, los ciudadanos le temen profundamente a la concentración de poder.

    El sistema político del viejo régimen sustentó uno de sus cimientos fundacionales en la concentración de poder en manos del Presidente. El mandamás nacional se encargaba no sólo de las decisiones de Gobierno, sino que fungía de árbitro con veto en las sucesiones estatales, recomponía los equilibrios del país en materia política y aplicaba “garrotes y zanahorias” al interior y al exterior de la coalición gobernante.

    Por lo tanto, la desconfianza que sienten los mexicanos ante el hecho de que un gobernante también ejerza de líder máximo de su partido, no es una excentricidad política, sino una consecuencia histórica de la propensión a centralizar y utilizar el poder de forma corrupta por parte de los partidos políticos. No es extraño que los mexicanos hayan decidido durante 18 años no darle mayoría en el Congreso a ningún partido político.

    Manlio Fabio, ¿renovación?

    Este avispero fue el que movió Manlio Fabio Beltrones con su designación como presidente nacional del PRI. El ex gobernador de Sonora conoce como nadie la simbología del PRI. Se mueve como nadie entre sus ritos y simulaciones. Sabe respetar los tiempos del partido y las exigencias de la Presidencia.

    Es un político del viejo régimen, del besamanos, las unciones y la retórica. Un animal político extraño: es obra y creación del viejo priismo, incluso diría que fue personaje clave en la edificación y funcionamiento de la arquitectura institucional del autoritarismo mexicano, sin embargo se colocó en el asiento delantero en los nuevos tiempos democráticos. No se guardó en el baúl de los políticos que entienden que su tiempo se fue.

    Es de esos personajes que sobreviven a la quemazón de la historia, un político de las viejas formas, pero que encontró en el reformismo su mejor enclave en la transición. “Oportunista”, en el buen sentido de encontrar la oportunidad histórica, pero también en el mal sentido de hacer del oportunismo una forma de entender la política.

    Desde 2006, Beltrones se convirtió en una especie de “vicepresidente a la sombra”, en el contexto de polarización entre Felipe Calderón y la izquierda. Manlio Fabio Beltrones encontró un acomodo privilegiado tanto a nivel legislativo como de la coalición gobernante de este país, con un discurso de renovación que parecía increíble de un político que llevaba tres décadas en las altas esferas públicas.

    Un senador que hablaba de reformas de Estado y transparencia, pero que había sido el primero en hablar con Mario Aburto tras el asesinato de Luis Donaldo Colosio —episodio clave del derrumbe del priato—. Un camaleón en el Senado. Así, tras seis años en el Senado, busca la candidatura presidencial ante Peña Nieto, entendiendo a tiempo que no tenía nada que hacer en esa carrera. Por el contrario, se convierte en su operador político en el Congreso y en parte responsable de las reformas que el Presidente impulsó en sus primeros 18 meses de Gobierno. El timming es una virtud del nuevo cabeza del priismo.

    Sin embargo, la decisión de Enrique Peña Nieto de colocar a Beltrones en el PRI Nacional obedece a múltiples lecturas, pero ninguna entra en la lógica de la regeneración partidista. Queda claro que uno de los objetivos del Presidente es cohesionar al priismo nacional.

    Entienden Los Pinos que los malos resultados electorales en las ciudades, Guadalajara es una de ellas, es producto de la división del partido y la elección de malos candidatos. No existe la autocrítica de pensar que el proyecto presidencial y la baja popularidad de Peña Nieto minó en gran parte al voto priista y, como reacción, cohesionó al antipriismo que se mueve con holgura en las ciudades.

    La conclusión presidencial es que necesitan un operador capaz de “poner orden”, pero siempre bajo la gramática comprensible para el priismo. Optar por Aurelio Nuño, el delfín del Presidente, hubiera sido tan catastrófico como cuando Calderón obvió las divisiones en el PAN y apostó por un César Nava debilitado y sin liderazgo. La Presidencia entiende que el Grupo del Estado de México y el grupo de Hidalgo, los más fortalecidos durante el peñanietismo, ya no pueden tomar las decisiones en ausencia de un árbitro más conciliador y propicio a los acuerdos.

    En definitiva, la sucesión presidencial estuvo siempre en la cabeza de Peña Nieto cuando pensó en Beltrones. Hay muchos que colocan al actual presidente del PRI como el “natural” a la candidatura. Sin embargo, tras cuatro décadas en política, Beltrones sigue siendo un político muy poco conocido. Sorprendentemente, y de acuerdo a todas las encuestas, Beltrones es desconocido para 60% de los mexicanos. Tampoco suscita pasiones fuera del PRI y sus negativos exceden a sus positivos. Al día de hoy, Beltrones no tiene más posibilidades que Manuel Velasco, Miguel Ángel Osorio Chong, Luis Videgaray o Eruviel Ávila. A pesar de ello, la función de Beltrones en el PRI parece más la de un árbitro que la de un jugador clave.

    Beltrones puede significar mucho para el priismo, pero nunca la renovación. El golpe electoral al PRI se maquilló en Los Pinos con una estrategia electoral de ir a la contienda con tres marcas (PRI, PVEM y Panal), que en conjunto lograron la mayoría en la Cámara de Diputados.

    Sin embargo, es innegable que el PRI ha recibido sendos correctivos electorales en las ciudades; la credibilidad del Presidente está en el subsuelo, y los partidos que se sumaron al Pacto por México ahora abogan por una agenda de contraste con Los Pinos y una oposición más férrea al proyecto peñanietista. Peña Nieto hoy no tiene proyecto que ofrecer, por lo que no sabemos actualmente qué defenderá el nuevo presidente del PRI. La unción de Beltrones fue tomada con algarabía y hasta con optimismo por el priismo más duro, las bases.

    Sin embargo, hacia afuera, Beltrones no significa ninguna renovación, ni tampoco la apuesta del Presidente por conquistar a un electorado que cada vez se aleja más del partido gobernante. Es más un reacomodo interno, que un mensaje de cambio a la ciudadanía.

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